El futuro está oculto detrás de los hombres que lo hacen.

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Primicia primiciosa. Sierra Leona

Mucho se me ha dicho últimamente (como si yo tuviese algún fiel lector) que tenía abandonado el blog, que si ya no escribía o que si lo iba a cerrar… pues nada de eso. Si que es verdad que durante el verano o no he encontrado momentos para escribir (o que cuando los encontraba lo último que me apetecía era escribir más bien…), o no sentía que pudiese aportar nada nuevo a los que conocían mis aventuras por África… ya de vuelta en casa y viendo como hay gente que me pregunta supongo que algo tendré que contar.

Creo que ya no tiene mucho sentido que intente escribir sobre las sensaciones vividas durante el voluntariado, ya que de alguna manera estarían contaminadas por un mes y medio de vida en España, así que os dejo con una entrevista que me hicieron para la web de los Agustinos Recoletos en la que a los pocos días de volver al tan bien llamado primer mundo, intentaba, sin mucho éxito ya que no hay palabras para describirlo, explicar la maravillosa experiencia vivida. También cuelgo un vídeo que hizo Rodri, el periodista que va a vivir un año en la Misión como voluntario y como coordinador de los proyectos financiados por la Comunidad de Madrid, sobre nuestra estancia en Kamabai montando el campamento.

‘Conseguimos sacarles de su rutina de trabajo en el campo y hacerles ver que hay gente que se preocupa por ellos’

Gaspar González-Palenzuela, de 21 años de edad, junto con otros cuatro compañeros que llegaron a Sierra Leona de la mano del Departamento de Pastoral de la Universidad San Pablo CEU de Madrid, organizó un campamento de verano entre el 16 y el 31 de julio con los niños del Preescolar de Kamabai. Así fue su contacto con los misioneros y con la realidad de Sierra Leona.

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Gaspar González-Palenzuela Gracia nació el 8 de mayo de 1989 (21 años) en Madrid. Es el mayor de cuatro hermanos, estudiante de arquitectura en la Universidad San Pablo CEU de Madrid. Le encantan los deportes, principalmente esquí, fútbol, tenis, paddle…, y también la música y la fotografía, siempre acompañado de amigos.

A priori, organizar un campamento de verano para niños en África puede parecer lo que alguien llamó “monerías”. Sin embargo, los cuatro que se lanzaron a esta aventura en Kamabai lograron así que 60 niños de la Preescolar estuvieran dos semanas aprendiendo, jugando, recibiendo cariño y alimentándose, sin quedarse abandonados en las calles o tener que trabajar en el duro cultivo del cacahuete o el arroz.

Pero, sobre todo, Gaspar recuerda a los propios niños sintiéndose importantes, reconociendo que unas personas se ocupaban de ellos y les daban cariño, en una sociedad especialmente hostil con los pequeños, obligados a trabajar en el campo o no pocas veces dejados en las calles sin ningún adulto que los cuide y proteja.

El voluntariado no ha sido una novedad para él. El año pasado estuvo en Burundi con la Asociación Solidaria Universitaria (ASU ONG) y este año decidió ir a Sierra Leona con el grupo organizado por el Departamento de Pastoral de la Universidad San Pablo CEU.

La verdad que no sé cual es la
razón principal por la cual empecé a hacer este tipo de voluntariado; simplemente sentía y me apetecía dedicar parte de mis veranos a ayudar y enseñar a aquellos que menos tienen. En parte también porque me picaba la curiosidad de conocer nuevos lugares, culturas y sobre todo nuevas gentes.

Después de estas dos experiencias africanas he podido comprobar la calidad humana de la mayoría de las personas que he conocido en estos lugares, y eso es lo mejor que me he llevado en ambas ocasiones y también el motivo por el cual intentaré seguir volviendo año tras año.

¿Una experiencia más? Quizás antes de partir podría pensar que iba a ser un viaje más en mi vida, o que iba a ser un mes como otro cualquiera, pero pasado este tiempo puedo afirmar que sin duda es una experiencia inolvidable, que te marca de por vida, que te llena como ninguna otra, que por supuesto recomiendo a todo el que tenga la suerte de poder llevarla a cabo porque, como siempre le digo a la gente que me pregunta, este tipo de viajes enganchan, y mucho.

El contacto con los Agustinos Recoletos y su misión africana ha supuesto para Gaspar una novedad. Realizar su voluntariado en una Misión de orientación católica le ha puesto en contacto con realidades como a vida diaria de los misioneros, las relaciones interreligiosas y el respeto a otras creencias.

La vida en la Misión es especial, no sé si sería capaz de explicarlo con palabras. Es mucho más que el conjunto de actividades que realizan los misioneros en el recinto físico que hay en Kamabai, son muchos momentos inesperados, muchas situaciones diferentes, muchas conversaciones interesantes, muchas historias que merecen ser contadas… cientos de cosas que allí son completamente habituales pero que aquí en España serían extraordinarias.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención, para bien, es el “buen rollo” existente entre las comunidades cristianas y musulmanas. Da verdadera envidia sana ver cómo la sociedad en general no está fragmentada en grupos debido a su religión y cómo todos buscan puntos en común, en vez de buscar diferencias, para trabajar conjuntamente en el desarrollo del país.

Es sorprendente ver cómo personas musulmanas trabajan día y noche para el perfecto desarrollo de la Misión Católica, y es que son plenamente conscientes de que el bien que ésta hace hacia la comunidad de Kamabai va mucho más allá de la construcción de pozos o escuelas, sin reparar en que se trata de eso, de una misión católica.

Gracias a sus dos experiencias de verano en Burundi y Sierra Leona, Gaspar reflexiona sobre la satisfacción personal que ha sentido, el nuevo valor que le puede dar a cosas muy simples de su vida ordinaria, o las relaciones humanas a las que ha podido acceder en Kamabai.

Me siento tremendamente satisfecho con la experiencia vivida, ha sido una maravillosa oportunidad de confirmar las sensaciones que ya tuve el verano pasado en Burundi, y de añadir muchísimas otras. También me he reafirmado en la convicción de que si todos los que tenemos en nuestra mano aportar una pequeña ayuda a gente que lo necesita pusiésemos de nuestra parte, la vida de muchas de estas personas sería un poquito más llevadera.

Realmente no ha habido nada que me haya resultado excesivamente difícil en el proceso de adaptación a un lugar tan diferente, en parte porque ya conocía de primera mano la realidad de África y sabía más o menos lo que me esperaba. Cuando tienes la suerte de poder vivir una experiencia así te das cuenta de que hay cientos de cosas que en el primer mundo son consideradas casi como indispensables y que realmente no lo son.

Aprendes a valorar detalles tales como abrir un grifo y que salga agua, si es caliente ya ni hablemos, la variada alimentación que tenemos en nuestro primer mundo, dar un interruptor y que se encienda la luz

Por otro lado, durante la estancia en Kamabai los voluntarios hemos tenido la oportunidad de conocer a un montón de sierraleoneses con los que se establecen unas relaciones increíbles. Al convivir diariamente puedes conocerlos en profundidad y eso te hace entender de una mejor manera su forma ser y de actuar en la vida.

Se produce un intercambio entre ambas culturas que favorece tanto al voluntario como a la gente local, ya que cada uno aporta su punto de vista, que en la mayoría de los casos suele ser muy diferente. Una de las mejores cosas que te traes de vuelta a casa es la amistad con algunas de las personas que hemos conocido y que no dudo volveré a ver en los próximos años.

En mi caso particular incluso antes, ya que soy compañero de universidad de Yamasa, la estudiante de Kamabai que gracias a la Misión Católica tiene la suerte de estar en el CEU en Madrid, estudiando Derecho.

Estas nuevas relaciones son incluso mucho más cercanas que con buena parte de la gente con la que se convive a diario. En la Misión pude conocer a Medo, Adama, Yamasa, John, Benito… y muchas otras personas con la que he podido compartir momentos y conversaciones que nunca olvidaré.

Gaspar llegó a Sierra Leona de la mano de su Universidad, tras ofrecer él particularizar su voluntariado con los niños de Kamabai desde la experiencia que tenía de Burundi. Es el momento en que entra en contacto con la comunidad religiosa de Agustinos Recoletos, a los que no había previamente conocido en España. Su impresión de la vida, trabajo, carisma y forma de ser de los religiosos aporta un punto de vista interesante:

La verdad es que me he llevado una impresión muy buena de la comunidad de Agustinos Recoletos. Hasta mi experiencia en Sierra Leona nunca había tenido relación directa con esta Orden y solamente había oído hablar de ellos un par de veces.

Tras dos semanas de vida en la Misión puedo asegurar que el trabajo que realizan es increíble. A mi juicio son uno, si no el único, de los motores de Kamabai y cientos de aldeas de alrededor. Realizan una labor encomiable y que sin ellos allí sería imposible llevar a cabo.

Su papel es importantísimo en toda la zona. Prueba de ello es que cuando vas por las aldeas en el coche de la Misión todo el mundo sale a tu paso al grito de “Father Grandpa” (en referencia al agustino recoleto José Luis Garayoa) o “Father Manuel” (Manuel Lipardo).

La gente conoce de primera mano a los misioneros porque son ellos mismos los que se relacionan con la gente, averiguan sus necesidades, intentan aportarles soluciones y dan todo lo que tienen a su alcance para facilitarles la vida al máximo. El hecho de que a José Luis le llamen ‘Grandpa’, que significa abuelo, ya dice bastante de la relación que la gente tiene con él.

La relación entre la comunidad religiosa y todos sus colaboradores es excelente. No importan nacionalidades, religiones, edades, sexos, culturas… todo el mundo trabaja conjuntamente para el desarrollo de la Misión y de todo lo que esta está llevando a cabo en el distrito de Bombali.

Toda realidad, más si es humana, tiene sus fortalezas y debilidades, lo que les hace importantes y lo que se debería mejorar. Gaspar ofrece su particular opinión sobre lo que ha visto y vivido en la Misión Católica de Kamabai:

No me veo con la capacidad de opinar acerca de posibles cambios que se podrían llevar a cabo en la Misión. Durante mi corta estancia de quince días he tenido la sensación en todo momento de que la Misión funciona a la perfección a pesar de todas las trabas que surgen durante el día a día en Sierra Leona.

Si acaso, creo que sería conveniente abrir un presupuesto de salud específico para que los misioneros puedan disponer en todo momento de recursos para la atención sanitaria con la gente de Kamabai. Creo que es una de las cosas que más les cuesta encontrar, y deben recortar gastos de otros sitios para poder mandar a gente que no tiene medios a los centros sanitarios de Makeni.

La mayor fortaleza de la Misión Católica son los propios misioneros. Tanto Manuel como José Luis son personas que luchan día a día por que todo salga adelante, sin ellos sería imposible que nada de lo que la Misión ha realizado en la zona hubiese fructificado.

Son personas que literalmente dan su vida por los demás. El otro día, sin ir más lejos, un amigo me decía que lo que se necesita en África es gente que esté dispuesta a irse allí a vivir y dar su vida desinteresadamente y al instante me acorde de Manuel y José Luis.

La gente en general no es capaz de imaginarse el enorme trabajo que están llevando a cabo allí, ya que es mucho más que la construcción de unos pozos o escuelas… Tratan día a día de cambiar la mentalidad de la gente, de enseñarles otras maneras de trabajar, de pensar, de afrontar la vida. Como se suele decir, les están enseñando a pescar en vez de darles el pescado.

Gaspar se siente comprometido a continuar aportando desde sus posibilidades todo aquello que haga de este mundo un lugar más justo y digno para todo ser humano. Esta dedicación a los otros es algo que vale siempre la pena.

Creo sinceramente que merece mucho la pena dedicarse a esto. Obviamente cada persona es un mundo y cada situación es diferente, pero en general me parece que es algo que merece la pena. Los posibles impedimentos para que haya gente que no quiera o pueda dar el paso no creo que sean tan especiales, más bien cosas corrientes que de alguna manera te retienen en tu lugar de origen. Familia, pareja, estudios universitarios, trabajo estable, problemas de salud… pueden ser alguno de los motivos por los cuales no puedas ofrecer una dedicación indefinida.

Por resumir, toda esta experiencia y dedicación a los otros me hace cambiar una palabra del refrán “No es más rico quien más tiene sino quien menos necesita”; yo diría que “No es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita”.

Durante quince días, Gaspar pudo compartir sus conocimientos, su cariño y su alegría con 60 niños de la Preescolar de Kamabai. A la vuelta, llevaba esos momentos especiales que quedaron marcados en su memoria.

De todas las anécdotas y vivencias, me quedaría con un momento que ocurrió el último día que hicimos el campamento. Después de repartir algunas camisetas, globos, lápices, cuadernos y de las pertinentes fotos con los niños y profesoras, nos disponíamos a salir para dejar a los peques en sus casas por Kamabai.

Justo antes de montarme en el coche pude ver a James, uno de los pequeños del campamento, al lado del vehículo, con la cabeza gacha pero mirándonos de reojo. Me acerque a él para ver si le pasaba algo y en cuanto me agaché para ponerme a su altura pude comprobar que estaba llorando.

No lloraba porque se hubiese caído o le doliese algo. Pude ver perfectamente en sus ojos, por la forma en que me miraba e intentaba hablar, que era plenamente consciente de que nos íbamos, de que las dos semanas que habíamos pasado juntos bailando el Waka-Waka, pintando con las manos, aprendiendo números, enseñándoles a lavarse las manos… tocaban a su fin.

Me emocionó de manera especial ver que mi presencia allí, y la de mis otros compañeros de viaje, había cambiado en algo la vida del pequeño James, que por insignificante e inútil que el campamento pudiese parecer no había sido así, habíamos sido capaces de sacarles de su rutina de trabajo en el campo por unos días y de hacerles ver que hay gente que se preocupa por ellos.

Espero que algún día tengan, él y todos los demás niños y niñas, la ambición de ayudar a los demás para que todos juntos puedan hacer de su país un lugar en el que se pueda vivir en las mismas condiciones que en cualquier otro punto del planeta, eso sin olvidar que de momento necesitan toda nuestra ayuda.

Gaspar salió de Sierra Leona agradeciendo; él vino a ayudar, pero quiere despedirse no recibiendo, sino dando las gracias a la comunidad que lo acogió durante esos días.

Me gustaría agradecer la posibilidad que los Agustinos Recoletos, especialmente los miembros de la Misión Católica de Kamabai, Manuel y José Luis (de algún modo también Rodri temporalmente), nos han brindado acogiéndonos como auténticos hermanos durante este tiempo.

Nos hemos sentido muy a gusto en la Misión y seguramente que alguno repita en futuras ocasiones, esperemos que ya sin intermediarios para poder colaborar de primera mano con la Misión.

Gaspar, tras su experiencia en Burundi con ASU ONG y ésta de Sierra Leona, seguirá dando mucho de sí y animando a otros a que den de sus propias capacidades y recursos para que África sea cada vez menos ese continente olvidado.


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Que si, que somos campeones

Lo prometido es deuda, hoy lunes cuelgo una nueva portada…